Economía e industrias culturales en Venezuela

ECONOMÍA E INDUSTRIAS CULTURALES EN VENEZUELA

Por: Oreana Cordero y Antonio Lezama (FREBIN DC)

En la actualidad las guerras no se hacen de forma tradicional debido al gran costo financiero o político que ello representa. Hacerlas a la usanza clásica, por demás, puede traer otras consecuencias negativas. La nueva forma de controlar un país e incluso un continente es a través de la hegemonía cultural e ideológica. Este proceso se verifica mediante un previo análisis exhaustivo de cada ‘cultura’ (en el país o territorio que se quiera controlar) para empezar a transformarla con el objetivo de desaparecerla e imponer un nuevo modelo, que beneficia únicamente a un sector o al país que busca aprovecharse de ciertos recursos habidos en dicho territorio y sacarles el máximo provecho, a costos casi simbólicos. La primera forma de hacer la guerra será, pues, cultural, para lo cual el capitalismo en su forma imperialista se vale de sofisticadas tecnologías, aparatos propagandísticos y ciencia, mucha ciencia dura, ciencia social y ciencia aplicada al estudio de las culturas de los pueblos.

Ya en los años cuarenta Max Horkheimer y Theodor W. Adorno en su “Dialéctica de la Ilustración” analizan la creciente influencia de la industria del entretenimiento como un factor que comercializa e uniformiza la cultura de las sociedades. Los autores plantean que la industria cultural es un espacio de manipulación sistemática en la que el espectador se adapta a un formato donde se produce ‘cultura’ en beneficio del capital y que además utiliza a los productores culturales, que ciertamente juegan un papel pasivo al contribuir con sus ideas a alimentar al sistema pero sin determinar el funcionamiento del mismo. Lo anterior supone que los productores no son sino meros empleados, y algunas veces conforman pequeñas empresas creativas para ‘consumidores estándar’, quienes a su vez “exigen” un casi único tipo de producto implantado en sus deseos de pertenecer a un grupo. De tal forma, todos los aspectos de la industria están armonizados entre sí. La industria cultural se orienta en función de la obtención de beneficios económicos. Sus productos, los bienes culturales, pasan a ser simples mercancías, tergiversando la función del arte en la sociedad contemporánea y anulando su autonomía ganada tras siglos de esfuerzos.

América Latina es un vivo ejemplo de cómo los Estados Unidos se han adueñado de la cultura y la forma de pensar de varios países para convertirlos en sus colonias, conseguir en ellos mano de obra barata, hacerse de un mercado sin competencia para sus productos y aprovecharse de los recursos naturales de tan vasto territorio para satisfacer sus necesidades de materia prima. En el caso venezolano, es evidente la razón económica y sobre todo política por la cual se ha buscado que los ciudadanos se inclinen por imitar y consumir productos provenientes del norte: es menester que estén ocupados en conseguir un ideal de vida preconcebido, olvidando ocuparse de los aspectos políticos y económicos que afectan a la nación, para que un pequeño grupo concentrado en el poder tome las decisiones en función de su propio beneficio.

La colonización cultural ha venido ocupando cada aspecto de nuestra vida y los medios de comunicación se han convertido en la principal fuente de alienación y control de la información. Los usuarios de estos ‘creen’ tener poder de decisión sobre la programación que “quieren” ver; sin embargo, los mensajes y valores que predominan ya han sido establecidos con la intención de suprimir la creación de nueva cultura, fomentar el desconocimiento de la cultura propia, privilegiar a la clase dominante, imponer el tipo de vestimenta y el tipo de comida se consume, establecer arbitrariamente quiénes son los artistas que serán visibles y de esta forma mantener a la sociedad ‘uniformada’ espiritualmente (tanto en lo que piensa como en lo que hace). La aplicación de este tipo de dominación es un fenómeno que alcanza a todos los países.

Dentro del marco de la ‘globalización’ se desarrollan grandes empresas mediáticas, que tal como lo menciona el periodista español Ignacio Ramonet (2003), dedican sus funciones a la cultura de masas, la publicidad y a la difusión de información, con el objetivo de imponer una visión del mundo. Afirma el intelectual:

“Estas megaempresas contemporáneas, mediante mecanismos de concentración, se apoderan de los sectores mediáticos más diversos en numerosos países, en todos los continentes, y se convierten de esta manera, por su peso económico y su importancia ideológica, en los principales actores de la mundialización liberal. Al haberse convertido la comunicación (extendida a la informática, la electrónica y la telefonía) en la industria pesada de nuestro tiempo, estos grandes grupos pretenden ampliar su dimensión a través de incesantes adquisiciones y presionan a los gobiernos para que anulen las leyes que limitan las concentraciones o impiden la constitución de monopolios o duopolios”.

Otro importante intelectual, Pascual Serrano, ha sido un gran crítico de esos medios de comunicación (que han tergiversado su misión y se han transformado en fuente de manipulación de información). Advierte que un aspecto importante a tomar en cuenta cuando se buscan las razones por las cuales un medio se inclina por una posición o ideología, es definir quién es el dueño del mismo; encontrándose que los propietarios de algunos de los medios de comunicación más importantes a nivel mundial son nada menos que banqueros en ejercicio. En consecuencia, para realizar una crítica al sistema de comunicación actual es necesario que se conozca cuál es la estructura de dominación y determinar los nombres de quienes se esconden detrás de la gran industria de la información y el entretenimiento para identificar los vínculos económicos y el monopolio silencioso en que se han convertido. Se verifica en la industria cultural la teoría marxista clásica: los propietarios de los medios de producción (en este caso de bienes culturales, que son las armas de las ‘nuevas’ infanterías de guerra) fungen como clase dominante.

En Venezuela, desde la llegada de la Revolución Bolivariana al poder, se han tomado acciones que buscan destruir el monopolio de la información y permitir que los ciudadanos produzcan sus propios contenidos en aras de fortalecer la identidad venezolana. No obstante, en el camino se han tocado intereses y privilegios de grandes empresarios y políticos, lo que ha llevado a un constante ataque por parte de los mismos desde la esfera de la comunicación y la información. Conviene señalar que el pueblo venezolano suscribió en 1999 una nueva Constitución, que establece en su Artículo 58:

“La comunicación es libre y plural y comporta los deberes y responsabilidades que indique la ley. Toda persona tiene derecho a la información oportuna, veraz e imparcial, sin censura, de acuerdo con los principios de esta Constitución, así como a la réplica y rectificación cuando se vea afectada directamente por informaciones inexactas o agraviantes. Los niños, niñas y adolescentes tienen derecho a recibir información adecuada para su desarrollo integral”

En Venezuela, la historia reciente demuestra que se nos ha influenciado grandemente a través de un tipo de música nacida bajo la égida directa de compañías discográficas establecidas en Miami; a través del cine debido a que en el país sólo hay dos grandes cadenas exhibidoras que presentan casi exclusivamente películas producidas en Hollywood; a través de un teatro con mensajes fatuos, poco trascendentes y llevado a escena a partir de una visión de estética femenina legitimada desde concursos de ‘belleza’ televisados. Un escenario precario con muchos aliados internos.

Paralelamente, y en condiciones bastante desventajosas a decir de la magnitud del aparataje cultural montado por el imperialismo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, en nuestro país se está llevando a cabo un importante esfuerzo dirigido a deshacer el tipo de pensamiento que esas producciones presuponen, para buscar nuestra propia identidad.

Lo anterior implica grandes retos para el pueblo bolivariano, en pro del fortalecimiento del Poder Popular en esta etapa de transición al socialismo. En primer lugar, cualquier estructura que busque contrarrestar la invasión cultural que inició con la llegada de las trasnacionales petroleras en los primeros 20 años del Siglo XX y se hizo hegemónica a partir de los años ´50, debe sustentarse sobre la base de los tres escenarios de lucha del sujeto histórico de la revolución: lucha económica, lucha política y lucha ideológica. Cada aspecto de la lucha integral por la reivindicación cultural, presupone un importante esfuerzo en el campo de la producción de conocimiento. Para ello, hace falta fortalecer las estructuras de formación e investigación, tanto teórica como aplicada, en las ciencias sociales, en las ciencias de la comunicación y en el campo de la investigación educativa y cultural para desmontar en lo económico, lo político y lo ideológico al hegemón cultural, reconociendo que el mismo pueblo chavista lo reconoce y valida en muchos casos, y por lo tanto no lo percibe como enemigo, a pesar de que dicta sus pautas de comportamiento.

Por otro lado, la reivindicación de la identidad cultural venezolana, pasa por el reconocimiento y consecuente estímulo armónico de los tres territorios del conocimiento en interacción constante: el académico-científico (asociado a las universidades), el tradicional (relativo a nuestras culturas originarias y a las tradiciones del pueblo) y el popular (con raíz en la cultura ‘pop’ que se produce y propaga en los medios de comunicación, para no confundir con la acepción que de lo “popular” se ha construido en la Venezuela bolivariana). La creación, producción e intercambio de saberes desde esta orientación, nos permitirá construir un modelo contra las invasiones del Siglo XXI.

Referencias

RAMONET, Ignacio: “El quinto poder” en Le Monde Diplomatique Edición Española. Octubre 2003.

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